La exactitud en la escritura

La diferencia entre la palabra acertada es la que hay entre la luz de un rayo y una luciérnaga.

Mark Twain (1835-1910)

Exactitud: fidelidad al pensamiento

LA EXACTITUD

El valor de la exactitud define la claridad y fuerza de un pensamiento. Elegir la palabra acertada, para construir la imagen literaria o el concepto, es una tarea de todo escritor, si quiere que las palabras transfieran con gran fidelidad lo que está realmente en su pensamiento.

La exactitud en el léxico va de acuerdo con la intención del escritor. Intención que, desde principio, debe estar igualmente expresada con las palabras precisas; pues, si las bases que fundan nuestro texto son vagas y ambiguas, el resto de la arquitectura estará constituido por un débil ensamblaje de palabras, oscuras, redundantes y adulteradas.

El escritor italiano Ítalo Calvino (1923-1985), en su libro Seis propuestas para el próximo milenio, en el capítulo sobre la exactitud, manifiesta su inquietud frente al uso de un lenguaje cada vez más arrojado a formas genéricas, anónimas y abstractas:

“(…) tengo la impresión de que el lenguaje es usado cada vez más de manera aproximativa, casual, negligente, y eso me causa un disgusto intolerable. (…)

A veces tengo la impresión de que una epidemia pestilencial azota a la humanidad en la facultad que más la caracteriza, es decir, en el uso de la palabra; una peste del lenguaje que se manifiesta como pérdida de fuerza cognoscitiva y de inmediatez, como automatismo que tiende a nivelar la expresión en sus formas más genéricas, anónimas, abstractas, a diluir los significados, a limar las puntas expresivas, a apagar cualquier chispa que brote del encuentro de las palabras con nuevas circunstancias”.

La anterior preocupación va más allá de lo lingüístico. No se trata de una mera formalidad de palabras con el fin de dar mejor apariencia a nuestros escritos. El problema es de fondo, de cómo traducimos el pensamiento al lenguaje de las palabras escritas. 

Exactitud e interpretación de la realidad

La realidad como una construcción del lenguaje, en que se hace una interpretación del mundo a través de una serie de signos. Interpretación que no puede ser genérica, ligera y azarosa; pues, en este trance de palabras, podemos inducir o ser inducidos al engaño, la manipulación, el equívoco, el malentendido o la simple banalidad. Requerimos, por tanto, de una relación pensamiento-lenguaje con la suficiente “fuerza cognoscitiva” para acercarnos a una imagen más auténtica y valiosa de la realidad.

Debemos ser responsables con las palabras, conocer la carga significativa que poseen y las intenciones con las que puedan ser utilizadas. La cualidad de la exactitud permite la economía de lenguaje: no dar rodeos innecesarios a una idea, si en cambio se puede expresar a través de una palabra exacta. De igual modo, esta cualidad está ligada al propósito de hacer más efectiva la comunicación con el lector, es decir, con la claridad del texto.

Ejemplo de afectación a la exactitud

Percibamos la carencia de exactitud a través del siguiente ejemplo:

“Este concepto, manejado por diferentes autores, desenvuelve el comportamiento de cada persona con su entorno (…)”.

En esta oración (extraída de un ensayo académico), encontramos inadecuado el verbo desenvolver para aludir sobre asuntos psíquicos (el comportamiento humano). El verbo quiso ser empleado con una de sus acepciones: explicar, exponer o aclarar un tema. Pero, ¿cuál de estos matices significativos, exponer o aclarar, se orienta el verbo desenvolver?

Las acepciones varían considerablemente una de otra; por otro lado, ‘desenvolver’ no es un verbo que técnicamente ayude a presentar el tema. Por tanto, se requiere del léxico especializado o de los términos más congruentes y exactos, según el contexto temático. En este ejemplo, el verbo más acorde que puede inferirse y ajustarse al sentido es explicar.

Muchos de los errores por falta de exactitud se originan por la inclusión –desde la oralidad– de usos figurados, analógicos o metafóricos. Es decir, cuando un concepto o imagen X remplaza por comparación a otro término o realidad Y, con el fin de ampliar o explicar en otras palabras un tema en cuestión.

En algunos casos este procedimiento puede ser útil y necesario, en particular, cuando se quiere traducir ideas complejas a un lenguaje sencillo que emplee términos o imágenes presuntamente similares a la concepción de la idea original. Pero en otros, el resultado es desafortunado: el concepto posee connotaciones que pueden desvirtuar y producir mal entendidos frente a la idea base de Y.

Exactitud y adecuación del lenguaje

La producción actual de textos de tipo expositivo y argumental ha optado, en muchos casos, como estilo de escritura, un lenguaje comprensible, sin afectaciones eruditas y de fácil interpretación. Para lograr lo anterior se acude –según la opción– a formas de expresión familiar, analógica, cotidiana, sin ampulosidades retóricas. Detallemos un caso de escritura que procede por analogía para explicar un tema complejo: el cerebro humano. Fragmento extraído del libro de Tony Buzan, Los mapas mentales:

“El cerebro humano es un telar encantado en donde millones de velocísimas lanzaderas van tejiendo un diseño que continuamente se disuelve, un motivo que tiene siempre un significado, por más que éste jamás perdure, y no sea más que una cambiante armonía de subdiseños. Es lo mismo que si la Vía Láctea se entregara a una especie de danza cósmica”.

La analogía que introduce el autor para explicar el funcionamiento del cerebro, el telar, genera una imagen vívida en la mente del lector. Se percibe una visión cinética de la red neuronal, en su incesante movimiento de ‘lanzaderas’ armónicas. El autor se aparta del lenguaje especializado, en donde antes o después empleó un léxico conceptual en su exposición, para apoyarse ahora en la construcción de una imagen plástica del cerebro.

Construir este tipo de imágenes no deriva del azar o de los devaneos literarios del autor; implica una selección exacta de los términos que conjuntamente colaboren en una construcción eficaz y precisa. Por ejemplo, el uso de adjetivos y adverbios innecesarios, redundantes e inexactos alterarían la claridad del mensaje.

En el fragmento, vale observar el adjetivo encantado que califica a telar. ¿Es preciso que el autor lo emplee?, ¿si lo elimináramos, alteraría el significado de la imagen?

Más adelante el autor sigue valiéndose de analogías, pero que, de ningún modo, remplazarán a los conceptos: “Cada célula cerebral (neurona) tiene el aspecto de un superpulpo, con un cuerpo central y decenas, centenas o miles de tentáculos”. Este uso del lenguaje es una adecuación de unos contenidos científicos para acercar al lector a la comprensión del tema.

Problemas contra la exactitud:
    • Uso de términos genéricos y comunes para expresar realidades concretas y únicas

    • Giros lingüísticos anfibológicos, redundantes y oscuros

    • Pobreza léxica

    • Exceso de palabras y parafraseo innecesario en torno a un concepto o idea

    • Falta de concisión.

Textos originales de Fabián Giraldo Bermúdez

Fragmento extraído del libro El guion de la escritura®

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